Deefire, la guardiana de la montaña

Deefire acarició el lomo de Trasko. El pequeño dragón, agarrado a su brazo, se encogió sobre sí mismo y agradeció el contacto caliente sobre su piel escamosa. Deefire sonrió y levantó su brazo con fuerza. Trasko alzó el vuelo gracias al impulso y comenzó a surcar las montañas con sus alas extendidas y las patas delanteras encogidas. Deefire caminó entre la nieve hacia su caballo y montó sobre su lomo con elegancia. El animal relinchó y galopó, levantando copos de nieve con sus pezuñas.
Deefire siguió el rastro de Trasko, aguzando el oído para escuchar sus señales. Sabía que alguien había osado entrar en su montaña. Estaba segura de ello. Había encontrado los restos de una extraña máquina metálica cerca del manantial. Además, varias gotas de sangre dejaban un rastro fácil de seguir. Deefire sonrió. El día prometía ser interesante. Sin embargo, también sabía que lo más divertido no era la captura, sino la persecución. Así pues, y siguiendo los ruidos de advertencia de su dragón, espoleó a su caballo y cruzó la montaña.
Tras casi media hora de camino, por fin, vio a su objetivo.
Caminaba cojeando y maltrecho. Parecía asustado al sentir la presencia de Trasko tan cerca de él. El pequeño humano llevaba un traje blanco. Tal vez por eso le había costado a Trasko encontrarlo más que a otros hombres que habían osado adentrarse en las montañas.
El hombre soltó un jadeó al ver que Deefire aparecía en el horizonte. Sin embargo, pareció contento de verla.
-Oh, señora. ¡Es toda una alegría verla! ¿Puede indicarme dónde estoy? –preguntó el hombre.
Su brazo derecho sangraba en abundancia a pesar del torniquete que se había puesto. Además, tanto su ropa blanca como su cara estaban manchadas de negro, como si aquel hombre hubiese estado cerca de una hoguera o explosión. Llevaba unas botas de lo más extrañas, nada confortables para caminar por la montaña, desde luego. Su aspecto era penoso, y tiritaba de frío ante su atuendo mojado y resquebrajado.
La bruja se bajó de su montura y se colocó mejor su capa de pelo.
- ¿Dónde estás, preguntas? –cuestionó, molesta-. Estás en la montaña del norte, estúpido. Ningún humano debe adentrarse por aquí. Está castigado con la muerte-explicó.
El hombre tembló, pero ahora de miedo.
-Lo siento, no lo sabía-se disculpó-. Mi nave sufrió un accidente y…
- ¿Nave? –preguntó ella, frunciendo el ceño-. Los barcos no vuelan. Vi como tu máquina de hierro caía del cielo así que, confiesa, ¿qué magia oscura utilizas? ¿Cuál de todos mis enemigos te ha enviado aquí?
El astronauta parecía extrañado. ¿Magia oscura? ¿Máquina de hierro? ¿De dónde había salido esa mujer y qué hacía sola en la montaña? Y, lo más importante, ¿desde cuándo existían los dragones?
-Sí, nave espacial. Estábamos dispuestos a viajar fuera de la Tierra cuando sufrimos un accidente…
La bruja se dio la vuelta con elegancia y caminó alrededor del hombre.
-No sé qué es esa Tierra de la que hablas. No sé qué haces en mi montaña ni por qué te has atrevido a pasar. Tampoco por qué no te han impedido el paso los trols. De todas formas, has invadido mi territorio. Los humanos lo pagáis con la muerte.
Deefire vio el miedo en los ojos el hombre y se relamió los labios. Le encantaba esa mirada. Nunca se cansaba de verla.
El hombre sujetó mejor la herida de su brazo e imploró piedad. Su cuerpo se convulsionaba por el frío y el miedo al mismo tiempo.
Pero Deefire ya lo había decidido.
- ¡Trasko! –gritó.
Y, entre gritos de dolor y espanto, el dragón devoró al astronauta con rapidez.

-Déjame algo-dijo Deefire-. Quién sabe cuál será el próximo humano que ose cruzar mis fronteras…

Relato corto (2013)
Relato de los martes (BJC)

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