Día de lluvia

Se había quedado sola.
Bueno, en realidad, ya llevaba sola mucho tiempo, es sólo que ahora no tenía a nadie más a su alrededor.
Los años habían hecho mella en ella, en sus articulaciones deshechas, en su pelo de plata, en su piel arrugada. Su salud también se había resentido en ese último período, haciéndole toser de vez en cuando y agotarse antes de lo normal.
Era eso lo que le dolía, la vejez, la falta de tiempo.
La soledad, en el fondo, no le importaba.
Formaba parte de su propia esencia. Una luz en su interior se encogía de hombros al darse cuenta de que era cierto, de que, a lo mejor, siempre había sido así. Vidas de otros habían pasado por delante de sus ojos azules como trenes que no paraban en su estación, como los andares indiferentes de la clase media frente al mendigo tembloroso por el frío y el hambre.
Vidas agotadas antes de ser vividas. Vidas vacías y muertas que ella había llegado a odiar tanto como los días de lluvia.
Por eso, el hecho de que su hija se marchara de su lado no le había importado tanto. Era una estúpida, como todos los demás. Aún había tenido la desfachatez de escribir una carta de disculpa, de decirle que una señora iría al día siguiente a ocuparse de ella. Sonrío con ironía.
“Maldita estúpida” musitó, tirando la carta al fuego.
Las llamas se reflejaban en los cristales de sus gafas, y ella entrecerró los ojos, pensativa.
Estaba orgullosa de la vida que había llevado, y con sus años y su salud resentida no veía una expectativa de futuro muy prometedora. Tal vez, leer aquellos libros que nunca abrió, dar esos paseos que nunca dio tranquila y mirar cómo llovía en aquella casa que siempre le había resultado acogedora.
Quedaban pocas aventuras por vivir en aquellos años de espera hacia lo inevitable.
Pero tenía ganas de revivir todos esos momentos, de mirar fotos y morderse el labio inferior al recordar, sonreír al verse de nuevo joven y hermosa, llorar al redescubrir tristezas que nunca se marcharon, vacíos que nunca se llegaron a llenar.
Quedaban pocas aventuras por vivir en aquellos años, pero quizás no importaba tanto que fuesen aventuras nuevas. Su vida había sido plena, y más cuando le conoció a él.
Quizás era el momento de revivir día a día cada instante entre sus brazos, cada beso bajo la lluvia, cada mirada furtiva. Sería bonito recordarlo antes de reencontrarse.
Era cierto, se había quedado sola.
Pero nunca se había sentido tan bien acompañada.


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