Ophiuchus
Ayer fui a correr.
Se me hizo de noche, y había
tormenta eléctrica. El cielo era de un color rosáceo, y los rayos parecían
jugar entre ellos para ver cuál era más zigzagueante y brillante. Es ese
momento el que me inspiró para escribir el principio de este relato.
Es más largo que los
anteriores, pero tiene varias características que lo hacen especial.
La primera, que ha nacido como
respuesta al doble reto impuesto por Diana Arnedo: escribir sobre una
conspiración, y hacerlo en menos de dos horas.
La segunda, el título.
Ophiuchus es la constelación en la que está la estrella que lleva mi nombre. Es
muy especial para mí, pero necesitaba un nombre original, un nombre que
brillara por sí mismo y que "cazara serpientes". Me pareció adecuado ;)
En cuanto al relato, espero
que os guste. Es una crítica (algo radical, quizás). He intentado meterme en la
mente de quienes tienen opiniones distintas a la mía en algunos temas que ahora
están de moda, como los avances tecnológicos.
¡Y ahí va lo que ha salido!
Era octubre.
El viento gemía, arañado por
las ramas de los árboles. La lluvia caía, intermitente, sobre la tierra y los
árboles. Sólo algunos rincones protegidos por las zonas más espesas se libraban
de humedecerse con las lágrimas del cielo. Anochecía, pero el sol se resistía a
marcharse tan rápido. Los rayos cruzaban de un lado al otro del cielo. Apenas
duraban un instante, pero su sonido, el cual llegaba con retraso debido a la
distancia, era atronador, y toda la tierra parecía estremecerse al escucharlo.
Reivin se colocó mejor la
capucha y miró atrás una vez más.
Nadie.
Bien.
Por fin, encontró el árbol,
aquel que estaba marcado con una mano azul. Giró a la derecha. Después, a la
izquierda. Apartó las ramas y la tierra. Sólo después, abrió la trampilla y se
inmiscuyó por el agujero.
En la cueva, los demás ya le
estaban esperando.
-
¡Llegas tarde, Reivin! ¿Te han seguido?
Él negó con la cabeza, seguro
de sí mismo.
Daka’ar, que era el dirigente
de la reunión, suspiró aliviado. El fuego se reflejó sobre la cicatriz de su
rostro, dándole un aire de seriedad mayor del que ya inspiraba por sí mismo.
-Bien. Continuemos entonces.
Contaban que Daka’ar era un
policía importante en la ciudad, y que esa cicatriz se la hicieron cuando
desobedeció una orden de un superior. Desde entonces, le destituyeron. Su
antiguo puesto otorgaba información muy importante para lo que tenían que
llevar a cabo, pero también le ponía en un aprieto considerable, pues seguía
ejerciendo como policía en un rango inferior.
Daka’ar empezó a hablar sobre
el siguiente paso a dar, pero Reivin no prestaba atención. Tenía la cabeza
ocupada con otros asuntos. Ese mismo día, había visto a Ilena. Estaba tan
perdida como los demás.
Primero, había sido la
televisión, y los ordenadores. Pronto, empezaron los reproductores de música, y
las radios, y los móviles. Al cabo del tiempo, todo ello había quedado reducido
a pantallas. Pantallas por doquier que algunos incluso se incrustaban en el
cuerpo, sobre todo en las muñecas o los brazos. O las llevaban en las gafas, y
en los cascos. La tecnología les había hecho más y más dependientes de ella,
atontando sus cerebros marchitos y exterminando su imaginación e ideas propias.
La sociedad se había convertido en una masa controlada, fácil de gobernar.
Cuanta más información tenían a su alcance, menos se molestaban en mirarla.
Y, así, habían empezado las
quemas de libros, el cierre de las bibliotecas, de las escuelas alternativas, de
los negocios “anticuados”, y de todo lo que no se adecuaba al nuevo régimen.
Algunos se sublevaron.
Pero fueron pocos, y nadie les
escuchaba. Porque esos días decisivos, siempre salía un nuevo videojuego, o un
nuevo capítulo de las series más vistas, o un escándalo con algún famoso. Y las
manifestaciones fueron controlándose, y volviéndose más y más débiles mientras
el nuevo régimen ganaba más y más adeptos.
Y, fue entonces, cuando
nacieron los “Ophiuchus”. Eran los contrarios al nuevo régimen, los que
pensaban por sí mismos. Los que usaban la tecnología, y no permitían que la
tecnología los dominase a ellos. Querían hacerse oír, y querían evitar que
aquella farsa llegase más lejos. En sus reuniones, evitaban cualquier tipo de
tecnología, ya que implicaría su automática delación. Por ello, se alejaban
tanto de la ciudad, utilizaban fuego como iluminación, y nadie estaba
autorizado a traer su móvil, casco, gafas, reloj o cualquier otro tipo de
dispositivo tecnológico.
Aunque los “Ophiuchus” tenían
todas las circunstancias en su contra, no se rendían.
Y es que tampoco les quedaba
mucho más por lo que luchar.
Daka’ar calló de pronto.
-Viene alguien-susurró.
Y no se equivocaba.
De pronto, decenas de policías
armados hasta los dientes aparecieron por los diferentes accesos de la cueva,
rodeándoles. Daka’ar miró a su alrededor, tratando de contar el número de
contrincantes. Reivin, por su parte, retrocedió, cauteloso. Sus compañeros
hicieron lo mismo.
Por fin, la jefa de la policía
apareció entre los agentes y se quitó el casco, dejando al descubierto una
preciosa cabellera rubia. Sonreía de oreja a oreja, satisfecha de haber dado
con lo que buscaba.
-Daka’ar, querido-susurró
ella, mirándole de soslayo-. Me complace verte pero, ¿qué haces tan lejos de tu
puesto de trabajo? Hoy no estás de guardia.
Daka’ar guardó silencio,
imperturbable.
El semblante de la joven
cambió de amabilidad a desprecio en un instante, y entrecerró los ojos.
-Supongo que tendrás más ganas
de hablar después-dijo, dándose la vuelta-. ¡Lleváoslo! ¡Llevároslos a todos!
¡Y destruid la cueva, los libros y todo lo que vaya contra el régimen! Nadie
los echará de menos.
Reivin trató de impedir que se
llevaran los mapas, pero uno de los agentes le golpeó con fuerza en la cabeza.
Su visión se emborronó y la sangre cayó por su sien y su oreja. Cayó al suelo
con estrépito y bastante mareado.
-
¿Por qué…? –acertó a preguntar,
La jefa de la policía pareció
escuchar la pregunta, pues se giró una última vez para darle respuesta.
-
¿Por qué, dices?
La chica caminó hacia él y se acuclilló a su lado,
mirándolo a los ojos casi con ternura. Le puso una mano en la mejilla y
acarició la sangre.
-
Porque
siempre ha habido opresores, y oprimidos-susurró. A pesar de sus palabras, su
voz era dulce-. Da igual la época, el lugar, o la historia. ¿Sabes cuál es la
diferencia esta vez de las anteriores?
Reivin sintió cómo se acercaba a él. Apartó el pelo de su
oído, y sus labios acariciaron su oreja cuando le reveló la realidad.

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